domingo, 29 de marzo de 2026

 


Kodama, la que heredó el oráculo

 

No era una Pitia anónima. Era la que escuchó a Borges antes de que el mundo lo entendiera. La que lo acompañó en los viajes, en las traducciones, en los silencios. La que sostuvo su ceguera como si fuera un templo. La que leyó lo que él ya no podía ver, y lo convirtió en señal.

 

Kodama no lloraba en público. No hablaba de sí misma. Pero cada gesto era una coordenada. Cada defensa de su legado, una forma de decir: “Él aún habla.”

Cuando Borges murió, ella no se retiró. Se volvió guardiana. Custodia del archivo. Protectora del eco. Y aunque muchos la cuestionaron, ella siguió. Como si supiera que el oráculo no se defiende con gritos, sino con presencia.

 

Kodama fue la que heredó el laberinto. La que entendió que el amor no siempre se dice, pero siempre vibra. La que convirtió la admiración en altar. Y así, sin pedir permiso, sostuvo el mundo de Borges.


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