Puentes
Lo
primero que se me apareció cuando pensé en puentes fueron los vínculos. No los
de hierro ni cemento, sino los invisibles, los que sostienen la necesidad de
comunicarnos. Cada vínculo es un puente, y nosotros mismos, con nuestra
existencia, somos también un puente tendido entre extremos.
Construir
puentes es demoler muros. Es dejar que las palabras se conviertan en maderas y
vigas, que el silencio se rompa y que la comunicación nos salve.
Desde esa idea, cierro los ojos y camino hacia un puente imaginario que me lleva a Munro, mi barrio de infancia. Las imágenes primero borrosas se vuelven nítidas: las veredas limpias, las casitas bajas, los vecinos que sacaban las sillas a la vereda como si la tarde fuera un ritual compartido.
Yo, niña de moño de organza
y vestidos almidonados, jugaba bajo la mirada de mi madre, que no entendía el
hábito de compartir la bombilla del mate, pero igual me dejaba salir para que
pudiera estar con los hijos de los vecinos.
En
la casa de al lado vivía un matrimonio vestido siempre de negro, acompañados
por una gata de ojos ámbar. Mucho después comprendí que aquel luto era un
puente hacia la ausencia. En la otra esquina, doña Gertrudis, polaca de
cabellos áureos y lentes gruesos, me regalaba su sonrisa cariñosa, como si
fuera una abuela prestada.
El
barrio era un mosaico de vidas: el sastre, la modista, el abogado, el
enterrador. Entre ellos estaba Nene, un muchacho de treinta y pico, y su perro
Jazz, marrón y juguetón. Con ellos compartí tardes de inocencia hasta que un
día el barrio se despertó convulsionado: Nene había muerto. Lo velaban en su
casa. Mis padres me llevaron y, por primera vez, estuve frente a la muerte. El
cajón, el rosario entre sus manos, el beso helado que quedó grabado en mis
labios. Jazz, inmóvil a los pies del cajón, parecía comprender lo que yo aún no
podía.
El
puente hacia la muerte se abrió entonces, y yo lo crucé con la ingenua
esperanza de que Nene despertara. Nunca sucedió.
Pero
la vida seguía en las veredas amplias, en los jardines cuidados: el limonero de
cuatro estaciones, el ciruelo injertado por mi tío, los rosales azules y el
jazmín de leche. Mi padre, Jaume, cortaba el césped y me regalaba huevos tibios
recién puestos, pasándolos por mis párpados como un conjuro secreto. Coquita,
la gallina, y Lorenzo, el conejo, eran mis compañeros fieles, sabían cuándo
volvía del colegio.
Los
viernes, la feria llenaba el baldío de voces y aromas: don Patricio con sus
achuras, don Pepe con sus pescados, Anselmo con sus frutas dulces que me
prometían fuerza, la señora Berta con sus galletitas sueltas. Cada puesto era
un puente hacia la diversidad, hacia la alegría compartida.
Hoy,
cuando regreso, las veredas ya no son las mismas. El barrio cambió, los rostros
se perdieron, pero los fantasmas buenos aparecen sin que yo los convoque.
Marta, Hugo, Silvia, Luis, Luciana… ¿qué habrá sido de ellos?
Mi
alma se estremece, pero también comprende: los puentes no se derrumban. Están
ahí, invisibles, sosteniendo la memoria.
Aunque el barrio cambió y las veredas ya no son las mismas, los puentes siguen vivos en la memoria. Cada palabra que escribo es un puente nuevo, tendido entre la niña que fui y la mujer que recuerda. Los fantasmas buenos me acompañan, no para atormentarme, sino para recordarme que la vida se sostiene en vínculos invisibles. Y así, cada recuerdo se convierte en semilla de futuro, cada puente en promesa de continuidad.
“La
nostalgia es un puente que no se oxida. Trae rostros que ni el tiempo logra
borrar: doña Angélica con su voz dulce, Pachi con su risa breve, Pelusa con su
andar ligero, Ofelia y don Rodolfo cuidando su jardín, Rosita saludando desde
la ventana, don Juan con sus árboles altos. Ellos regresan como fantasmas
buenos, no para atormentarme, sino para recordarme que el barrio fue un linaje
de afectos, un lugar donde cada nombre era raíz y cada gesto, un puente hacia
la vida.”
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